Aprovechando la reciente celebración del Día Internacional de la Mujer, queríamos recordar a Caya Afrania.

Bustos de Mujer del Museo del Louvre

Caya Afrania —Cafrania, Calpurnia, como también es citada— es señalada frecuentemente dentro del mundo histórico-jurídico como la causante de la expedición de la “Lex Afrania”, aunque sería apropiado decir, mas bien, “edicto afranio”.  Se dice de ella que habría vivido durante la primera centuria antes de Cristo, en época de Cicerón y Sila, que estuvo casada con Licinio Bucio, un senador, y que habría fallecido hacia el segundo consulado de Julio César. Frente a otras figuras como Amesia Sentia y Hortensia, Caya Afrania habría sido la única que se dedicaba de forma frecuente a representar a terceros frente al pretor (juez) y con notable éxito.

Recordemos que los abogados en la Antigua Roma no tenían títulos universitarios, sino que el ciudadano, a través de diversos estudios orientados a nutrir su elocuencia, como la filosofía y oratoria, terminaba por acrisolar su fama en la práctica constante de la defensa.  Cabe resaltar, entonces, que se era “abogado”, mas no de la forma en que se entiende actualmente, mas que en representar los intereses de otros con soltura, conocimiento y convicción.

Theodor Mommsen

Por otra parte, las mujeres no eran tenidas como sujetos de derechos dentro de la legislación romana: La mujer era un alieni iuris, que pasaba de la manus de su padre[1] a la de su cónyuge.  Como enseñaba el romanista Theodor Mommsen:

“Constituida de este modo la familia romana, llevaba consigo, gracias a la poderosa suboridnación moral de todos sus miembros, los gérmenes de una civilización fecunda par el porvenir.  Solo un hombre puede ser su jefe; la mujer puede también adquirir algunos bienes,; la hija tiene en la herencia una parte igual a la de su hermano; la madre hereda los mismos que los hijos.  Pero esta mujer no deja de pertenecer a la casa; no pertenece a la ciudad, y en la casa tiene siempre un dueño: el padre cuando es hija, el marido cuando es esposa; su más próximo pariente varón, cuando no tiene padre ni está casada.  Estos, y no el príncipe, son los que tienen sobre ella el derecho de justicia…Pero en la casa, lejos de ser esclava, es dueña  Según la costumbre romana, la tarea impuesta a los criados de la casa era moler el grano y desempeñar los trabajos de la cocina; la madre de familia ejercía en esto una alta vigilancia; además, tiene el huso, que es para ella el arado en las manos del marido”[2]

Luego, inicialmente, existía la posibilidad que la mujer en algún momento, en caso de muerte del padre y en estado de soltería (o viudez) pudiese ser considerada sui juris de forma limitada, en cuanto podía ser titular de derechos, mas en cuanto a la capacidad de obrar, la misma estaba sujeta a la autoridad del tutor (tutela mulieris)  y, posteriormente, gracias al ius liberorum, a una progresiva emancipación social que, sin embargo, no fue formalizada, sino que quedo como un mero vestigio normativo. Como señala Álvaro D’Ors:

“Las mujeres sui iuris tienen, en principio, una incapacidad semejante a la de los que no han llegado a la pubertad: necesitan un tutor, no tienen potestad sobre sus hijos, y están excluidas de las actividades públicas”.

Es decir que la mujer es incapaz de obrar, y tal consideración se debe para muchos jurisconsultos en la condición natural de la mujer que se sustentaba en la debilidad inherente al sexo femenino, a su infirmitas sexus[3], a su sexus inbecillitatem[4]

JANE GARDNER[5] y PANERO GUTIÉRREZ[6] coinciden en que la evolución social de la condición de mujer fue propiciada por las propias necesidades de la economía y llevaron a que, a diferencia de la tutela impuberum, la autoridad del guarda quedará reducida sólo a ciertos actos y en la mayor parte de ellos como una mera ritualidad vacía que, inclusive, lo obligaba a dar su consentimiento, inclusive en contra de su voluntad, a fin de cumplir lo indicado por el pretor. Mas, esa autoridad era necesaria para que ejerciesen su capacidad procesal, permitiéndoles actuar en los juicios legítimos.  Como se comprueba a diario, el derecho escapa a regular de forma integral la vida en sociedad, y encontramos que los regulados muchas veces encuentran forman ingeniosas de salvar los escollos que la propia norma les significa, como sabemos fue el inicio del fideicomiso.  Siendo así, aunque las mujeres estuvieran sometidas a la tutela era común que eligieran como tutor a una persona de plena confianza.  El profesor Arcadio Del Castillo sigue esta misma línea al definir a la mujer romana como aquella que es dueña de sus propios asuntos, desempeña actividades como propietaria, comerciante, industrial o simplemente como trabajadora libre ganando su propio sustento[7]. El mundo del comercio, ayer y hoy, tiene al dinero como objeto central, y la celeridad que exigen las transacciones no puede someterse al cumplimiento de formalidades, sino que exige flexibilidad, y ante tal evidencia, la figura del tutor quedó arrinconada como un elemento del decorado jurídico.  Frecuentemente, las concepciones ideológicas de la sociedad no coinciden con la efervescencia de la cotidianidad de la vida en la calle[8].

Durante la República, la defensa de muchas personas en sus litigios se basaba en la representación que sus patronos les debían.  Se entendía por patrono al ciudadano rico que acogía bajo su protección a plebeyos y extranjeros, llevando la misma, incluso, hasta la defensa frente a los magistrados de justicia.  Poco a poco, sin embargo, a medida que se complicaba el Derecho Romano, exigió estudios constantes a estas personas, algunas de las cuales empezaron a tomarla como profesión.  Mujeres con medios económicos y prestancia social empezaron a aventurarse a ocupar espacios habitualmente destinados a los hombres, como era el foro público.  Afrania aparece entonces como un referente único dentro de la historia romana.

La primera referencia histórica de la existencia Caya Afrania la encontramos en la voz de Ulpiano, quien la señala como causa que se prohibiese al sexo femenino de abogar por terceros (postulare pro aliis):

Busto de Ulpiano

“En segundo término, se propone un edicto (del pretor) en relación con aquellos que no pueden abogar por otros (ante él). En este edicto el pretor estableció exclusiones por razón del sexo y de algunos defectos, y designó también a las personas señaladas por la nota de infamia. En cuanto al sexo, prohíbe que las mujeres aboguen por otro, y la razón de la prohibición es evitar que las mujeres se mezclen en causas ajenas, en contra del pudor propio de su sexo, y desempeñen oficios viriles. Esta prohibición proviene del caso de Carfania, una mujer muy descarada, que, al actuar sin pudor como abogada e importunar al magistrado, dio motivo a este edicto”.

Valerio Máximo, retórico del siglo I, durante el imperio de Tiberio publica sus Facta et Dictia Memorabilia, obra destinada a subrayar ejemplos de moral romana.  La obra hace referencia a Afrania con marcada misogínia:

“Afrania, la mujer del senador Licinio Bucco, inclinada a instaurar pleitos, presentaba siempre demandas por sí misma ante el pretor, no porque le faltasen abogados, sino porque su falta de pudor era más fuerte que todo. Así, molestando sin interrupción con sus inusitados ladridos en el Foro a las autoridades judiciales, terminó por constituir el ejemplo más conocido de intriga femenina, hasta el punto de que a las mujeres de costumbres degradadas se le daba el apelativo de ´C. Afrania´. Ella vivió hasta el segundo consulado de Gayo César y el primero de Publilio Servilio (48 ó 49 a. C.). En efecto, de semejante monstruo es mejor transmitir a la posteridad el recuerdo del momento de su muerte que el de su nacimiento”.

Busto de Valerio Máximo

Podemos añadir, también, que en Las Siete Partidas de Alfonso X,“El Sabio” se repite la prohibición a la mujer señalando que: “no conviene ni es cosa honesta que (las mujeres) tomen oficio de varón, estando públicamente envueltas con éstas para razonar; y la segunda porque ya lo prohibieron los Sabios Antiguos, por una mujer llamada Calfurnia, Ulpiano la llama Casfania y otros Gaya Afrania, sabia, pero tan desvergonzada, que enojaba con sus voces a los jueces que no podían con ella…”.

La realidad histórica del personaje está sustentada por las crónicas de sus coetáneos, y llega a sobrepasar en fama a su marido, un senador de la República Romana, llegando a tener proporciones míticas: Afrania parece un “buen” pretexto para justificar la equiparación en la abogacía de las mujeres romanas, siendo evidente que ya habían empezado a despuntar en distintas labores reservadas a los hombres por los usos sociales. No hay que dejar de lado que el edicto reiteraría la prohibición jurídica a la participación femenina en la vida política romana, pues, sin duda, que las mujeres participasen defendiendo a otras personas en asuntos litigiosos eran actividades que, si bien no podían denominarse directamente políticas, terminaban siéndolo por el efecto que las sentencias que ganasen pudiesen tener sobre la vida común romana.  Lo que para el hombre era una virtud, hablar en público, era una afrenta en la mujer, quien desdecía del pudor propio que su género “connaturalmente” debía demostrar”, la continencia al dirigirse a un hombre, más aún si el mismo era el pretor urbano.  Que Afrania se dirigiese sin miedo al juez, sin guardar su lugar, sin un hombre que la represente, guardando el decoro romano, era sin duda una verdadera afrenta pública. Evelyn Höbenreich realiza un interesante análisis sobre el significado cultural de la actuación de Afranía:

Evelyn Höbenreich

“Llama la atención, por tanto, la neta y mordaz desaprobación de las mujeres que osan avanzar en el «territorio» reservado a los hombres. Desvergonzada para Máximo, se convierte en la esencia de la calumnia femenina, y su nombre una palabreja, un insulto común para indicar una mujer moralmente reprobable. Carfania no habló, sino que gritó, reclamó impetuosamente (de manera desconsiderada, irracional). El verbo latrare signifi ca ‘ladrar’, ‘aullar’ como un perro. Con esto el autor sugiere el grado de degeneración y perversión de la persona. Termina finalmente negándole su naturaleza humana, llamándola monstruo. De una mujer casta, morigerada, respetable, honesta, se espera que tenga la boca cerrada. Como recientemente ha mostrado G. Sissa, los médicos hipocráticos, ignorando la existencia del himen, sostenían la simetría de la fisonomía femenina (boca—boca del útero—, labios —labios de la vulva—) y juzgaban, por tanto, la virginidad no como un hecho físico, sino de comportamiento: la tiene la mujer en la medida en que sea capaz de tener cerrada la boca y el útero”.

Afrania se nos revela así como una adelantada a su tiempo, una ciudadana del siglo XX atrapada en el siglo I A.C., que se nos muestra hoy librada de esa patina de moralina latina como una oradora fogosa que no demostró miedo a las convenciones imperantes en la época y que creyó su deber intérprete de las necesidades de sus congéneres en menor capacidad de defenderse, convirtiéndose en voz de los que no la tienen frente al juez.

 

[1] Ciudadano romano, varón, sui iuris bajo cuya potestad se encuentran todos los integrantes del grupo familiar (los aliena iuris: Filii familias, uxores in manu, liberi in mancipio). Es el jefe absoluto del grupo familiar y el único que puede obligar con su voluntad el patrimonio familiar. Ulp. 50, 16, 195, 2 define: ‘paterfamilias appellatur, qui in domo dominium habet… quamvis filium non habeat” (se llama pater familias al que tiene el dominio “poder” en la casa, aunque no tenga hijos; hijos y esclavos adquieren para el pater, son como dice gráficamente Gayo, una continuación del bolsillo del pater).

[2] Theodor Mommsen, Historia de Roma, Tomo I, Págs. 43-44, edición liberada.

[3] Como recoge Bravo Bosch en “El Lenguaje Discriminatorio en la Antigua Roma y en la España Actual”, sobre Neracio, para lo cual hace referencia a The Oxford Classical Dictionary (1971), s.v. Neratius: “Priscus, Lucius, a considerable Roman jurist of the age of Trajan and Hadrian; born at Saepinum in Samnium. He was praefectus aerarii Saturni, cos. suff. 97, legatus Augusti pro praetore of Pannonia, and he was at one time, we are told, thought of by Trajan as his successor”, añadiendo a continuación que Neracio fue con Celso, la última cabeza visible de la Escuela Proculeyana, además de ser miembro del consilium de Adriano y quizás Trajano. También se comenta la magnífica reputación de Neracio como jurista, demostrada por la cantidad ingente de citas realizadas por juristas posteriores, y además por el hecho de que Paulo escribiese un Comentario ad Neratium.  Se puede consultar en https://www.uni7.edu.br/periodicos/index.php/revistajuridica/article/view/551/528.

[4] Ibíd, cita D. 16. 1. 2. 2-3 (Ulpianus libro 29 ad edictum).

[5] GARDNER, Jane. F., Women in Roman law and society, Croom Helm, London & Sydney, 1987, p. 156.

[6] Editorial Tirant Lo Blanch, Págs. 271-275. 2015,

[7] Del Castillo, A., La emancipación de la mujer romana en el siglo I DC, Universidad de Granada, 1976, p.89.

[8]La concepción cultural de la mujer como ser inferior para las culturas antiguas, tiene para el mundo occidental, un referente en la filosofía, que buscaba justificaciones a esta “realidad” en aras de sustentar el orden patriarcal sobre el que se basaba la Ciudad-Estado Griega y su heredero cultural en Roma.  Aristóteles dijo que “la mujer es para el hombre lo que el esclavo para el amo, lo que el obrero manual para el trabajador mental o el bárbaro para el griego.  La mujer es un hombre incompleto, que se mantuvo en un grado inferior en la escala de desarrollo.  Por naturaleza, el macho es superior, y la hembra, inferior; el primero gobierna, el segundo es gobernado”.  El Estagirita fue copiado textualmente por la Patrística y la Escolástica Cristianas posteriores que disecaron sus textos y los reprodujeron como si de Palabra Divina se tratase.